June 22, 2026

¿Sabemos qué comunidades, comercios o experiencias están capturando valor?

Cada vez que celebramos el crecimiento del turismo, asumimos que sus beneficios llegan a los territorios. Pero pocas veces nos detenemos a preguntar: ¿qué comunidades, comercios o experiencias están capturando realmente ese valor? Medir el impacto económico del turismo no es solo contar visitantes; es entender quiénes participan de sus beneficios y quiénes siguen quedando fuera del mapa.

Las comunidades invisibles al circuito turístico

Cada vez que celebramos un récord de llegadas o un alza en el gasto turístico, damos por hecho que ese dinero se reparte por el territorio. Pero rara vez nos hacemos la pregunta más incómoda: ¿quién captura realmente ese valor? ¿Qué comunidad, qué comercio, qué experiencia se queda con el ingreso… y cuáles quedan fuera del mapa?

La respuesta, cuando existe, suele ser desalentadora. Y lo más grave es que, en la mayoría de los destinos chilenos, simplemente no la tenemos medida.

El problema tiene nombre: fuga de valor

En la literatura del turismo se le llama economic leakage —fuga económica—: la porción del gasto del visitante que abandona el territorio y termina en aerolíneas, cadenas, plataformas e intermediarios externos en lugar de quedarse en la economía local.

Las cifras son contundentes:

  • Según ONU Turismo, de cada US$100 que gasta un turista de un país desarrollado, apenas alrededor de US$5 permanecen en la economía del destino en desarrollo.
  • Un informe de la OMT estima fugas de hasta 40% en India, 70% en Tailandia y 80% en el Caribe, por la presencia de operadores, aerolíneas y hoteles de propiedad extranjera y por la importación de bienes.
  • En los paquetes todo incluido, cerca del 80% del gasto del viajero se va a aerolíneas, hoteles y empresas internacionales, no a negocios ni trabajadores locales.
  • UNCTAD calcula que la fuga por importaciones ronda el 40%–50% en economías pequeñas, frente a 10%–20% en economías más diversificadas.

No es un problema abstracto. Cada punto de fuga es un artesano que no vende, una cocinería que no recibe al visitante, un emprendimiento de base comunitaria que sigue siendo invisible para quien diseña la oferta.

En Chile, el valor se concentra en muy pocos lugares

Chile tiene una geografía turística profundamente desigual. La Subsecretaría de Turismo identifica 89 destinos turísticos (41 consolidados, 34 emergentes y 14 potenciales) que abarcan cerca de 200 comunas y concentran alrededor del 84% de las ventas de las actividades características del turismo.

Léase al revés: el resto del país —más de un centenar de comunas, con su patrimonio, sus comunidades y sus experiencias— se reparte apenas una fracción del valor. Son las comunidades invisibles al circuito turístico: existen, reciben visitantes, pero no figuran en los datos con los que se toman decisiones de inversión, promoción y compra pública.

El propio Estado lo reconoce. Al describir programas como Turismo Social en Ñuble, las autoridades hablan de movilizar recursos hacia "pequeños prestadores de servicios, restaurantes y artesanos en zonas que muchas veces quedan fuera del circuito comercial masivo". Esa frase resume el problema: sabemos que están ahí, pero no los medimos.

El verdadero cuello de botella no es la voluntad. Es la falta de datos.

Aquí está el punto que más me interesa como parte de la industria tecnológica del turismo: no se puede gestionar lo que no se mide, y no se puede distribuir valor que es invisible.

La buena noticia es que medirlo ya es técnicamente posible. Sernatur estima hoy el turismo interno con metodologías de Big Data a partir de señales de telefonía móvil anonimizadas y agregadas, siguiendo lineamientos de ONU Turismo. La capacidad existe. Lo que falta es bajarla a escala de comuna, de barrio, de comercio: una capa de inteligencia de datos territorial que responda preguntas concretas:

  • ¿Por dónde circula realmente el visitante dentro del destino?
  • ¿Qué experiencias se buscan y no encuentran oferta formal?
  • ¿Qué comercios y comunidades están capturando valor… y cuáles podrían hacerlo con un pequeño empujón?

España resolvió parte de esto con su red de Destinos Turísticos Inteligentes (DTI) coordinada por Segittur. Chile aún no forma parte de esa conversación, y ahí hay una oportunidad enorme para construir gobernanza basada en evidencia.

De la intuición a la acción: propuestas ejecutables

La invisibilidad se combate con decisiones, no con discursos. Algunas acciones concretas que un municipio, una cámara regional o un operador pueden ejecutar en un horizonte de 90 a 180 días:

  1. Mapear la cadena de valor local antes de promover. Antes de invertir en campañas, levantar quién provee qué: alojamiento, gastronomía, artesanía, guías, transporte. Lo que no está en el mapa no recibe derrame.
  2. Medir el gasto a escala micro. Cruzar datos de movilidad, transacciones y oferta registrada para identificar fugas y comunidades subatendidas, comuna por comuna.
  3. Diseñar rutas que obliguen al derrame. Encadenar la experiencia "ancla" del destino con prestadores comunitarios cercanos, de modo que el visitante consuma local por diseño, no por casualidad.
  4. Formalizar y dar visibilidad digital a los pequeños prestadores invisibles: ficha, geolocalización, reservabilidad. Un comercio que no es buscable no existe para el turista.
  5. Postular a sellos que abren puertas. El programa Best Tourism Villages de ONU Turismo entrega visibilidad internacional y cooperación técnica; es una palanca concreta para comunidades rurales.

El dato detrás de por qué esto importa: ONU Turismo estima que entre 4 y 10 familiares se benefician, en promedio, de cada salario turístico que se queda en el territorio. Y la Adventure Travel Trade Association calculó que bastan 4 turistas de aventura para inyectar US$10.000 en una economía local, frente a 96 turistas de crucero para generar lo mismo. No se trata de más turistas: se trata de turistas cuyo gasto se queda.

Casos: la invisibilidad sí se revierte

No es teoría. Hay comunidades chilenas que pasaron del anonimato al reconocimiento global:

  • Best Tourism Villages (ONU Turismo). Chile ha logrado posicionar a Caleta Tortel (Aysén), Pisco Elqui (Coquimbo) y Barrancas (O'Higgins) en 2023, y a Ralco (Alto Biobío), territorio pehuenche, en 2024, con Malalcahuello incorporada al programa de mejora (Upgrade). Son localidades pequeñas que, medidas y acompañadas, captaron visibilidad y demanda que antes se les escapaba.
  • Comunidades mapuche de la Región de los Ríos. La investigación de Pilquimán documenta cómo el turismo comunitario se transformó en fuente de ingresos complementarios y, a la vez, en una herramienta de reivindicación y reconstrucción cultural. El valor capturado dejó de ser solo económico.
  • Turismo Social en Ñuble (2025). Más de 850 beneficiarios en su primer ciclo, con meta de ~3.000, movilizando recursos directos hacia pymes, restaurantes y artesanos de zonas fuera del circuito masivo, fortaleciendo empleo e identidad territorial.

El denominador común de todos estos casos es claro: alguien decidió hacer visible lo invisible, y midió.

La pregunta que deberíamos hacernos todos

El turismo en Chile no se juega solo en cuántos llegan, sino en cuántas comunidades capturan valor de los que llegan. Mientras no tengamos esa fotografía —comuna por comuna, experiencia por experiencia— seguiremos celebrando récords que esconden desigualdades.

La tecnología para verlo ya existe. Falta la decisión de mirarlo.

¿Tu territorio sabe qué comunidades, comercios y experiencias están capturando valor… y cuáles siguen invisibles?

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