Porque en un turismo cada vez más complejo, decidir sin evidencia ya no es una opción. En 2026, los datos dejan de ser informes que se archivan y pasan a convertirse en una herramienta central de gestión territorial. No para reemplazar la experiencia, sino para anticipar impactos, ordenar el crecimiento y tomar decisiones más legítimas, sostenibles y responsables para los destinos y sus comunidades.
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Durante años, la planificación turística se sostuvo en la experiencia, la intuición y el conocimiento acumulado de los equipos locales. Y no estuvo mal. Fue necesario para construir industria, identidad y oferta.
Pero hoy, ya no es suficiente.
2026 marca, a mi juicio, un punto de inflexión para los destinos. No por una nueva moda tecnológica, sino porque se hace evidente algo incómodo: seguir tomando decisiones sin datos ya no es una opción responsable.
El turismo dejó de ser una actividad simple. Hoy es un sistema territorial complejo, dinámico y profundamente interconectado. Flujos de visitantes, presión sobre infraestructura, percepción de la experiencia, impacto ambiental, relación con comunidades locales, conectividad, cambios climáticos y sociales. Gestionar todo eso sin información actualizada es, en la práctica, gestionar a ciegas.
Durante mucho tiempo, los datos se han tratado como un requisito administrativo: informes anuales, estadísticas agregadas, documentos que llegan cuando las decisiones ya fueron tomadas. Sirven para rendir cuentas, pero no para gobernar un territorio en tiempo real.
El verdadero valor no está en el dato en sí, sino en el análisis y, sobre todo, en su integración en la gestión cotidiana.
Existen múltiples experiencias internacionales que muestran que cuando los destinos incorporan análisis de datos en sus procesos de planificación y operación, los resultados son claros: mejor asignación de recursos, reducción de saturaciones, optimización de infraestructura existente, mayor satisfacción del visitante y, algo no menor, mayor legitimidad de las decisiones frente a la comunidad.
En algunos casos —particularmente en ciudades asiáticas— el uso de sistemas de análisis de flujos turísticos permitió anticipar congestiones, redistribuir visitantes y ajustar servicios antes de que los problemas escalaran. No se trató solo de eficiencia, sino de mejor experiencia y menor presión territorial.
La gran diferencia está en entender que los datos no son el final del proceso, sino el punto de partida. Cuando se integran a la gestión, la planificación deja de ser un documento rígido y se transforma en un proceso vivo, capaz de adaptarse a lo que realmente está ocurriendo en el territorio.
Ahí aparece una ventaja competitiva que pocos destinos están mirando con la profundidad necesaria. Hoy, competir no es solo atraer más visitantes, sino gestionar mejor los que ya están, anticipar impactos, coordinar actores y tomar decisiones con evidencia.
Los destinos que no avancen en este camino no se quedarán donde están. Retrocederán. Enfrentarán saturación sin capacidad de respuesta, inversiones mal dirigidas, conflictos crecientes con comunidades locales y una pérdida progresiva de competitividad frente a territorios que sí aprendieron a leer sus propios datos.
En un contexto marcado por el cambio climático, la presión social y viajeros cada vez más informados, no medir no es neutral. Es una forma silenciosa de deterioro.
Por eso, creo que 2026 no será recordado como el año de una nueva tecnología, sino como el momento en que quedó claro que los datos dejaron de ser un complemento y pasaron a ser infraestructura estratégica para el turismo.
No para reemplazar la experiencia ni el conocimiento local, sino para potenciarlo, ordenarlo y hacerlo sostenible en el tiempo.
La pregunta ya no es si los destinos deberían usar datos. La pregunta es si están dispuestos a decidir mejor.
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